viernes, 29 de mayo de 2015

METAFORAS EN LOS BOLSILLOS



Abrí la puerta del armario y vi que la ropa de verano estaba ya en él. Isabel se había pasado todo el lunes cambiando la ropa de invierno y poniendo la de verano en las estanterías, en las perchas... Había puesto un nuevo ambientador y el olor a lavanda intentaba pasar por encima de los restos del olor a pino,  por lo que se podía decir que, como ya era tradicional,  el verano quedaba inaugurado en casa.  Encima de una de las estantería, vi unas bermudas nuevas, de las que se ven desde hace unos meses en los mercadillos. Era una de esas estampadas a lo militar con muchos bolsillos tanto exteriores como ocultos. Jackson, mi vecino, me dijo que el año pasado había comprado unas muy parecidas. Le gustaban los bolsillos interiores, porque podía esconder un par de preservativos por si se le presentaba una oportunidad. Jackson es repartidor de  congelados de una famosa marca alemana y me ha contado que las amas de casa están muy predispuestas al pin, pan, pun, fuego. Saqué las bermudas del armario y me las probé. Me extrañó porque Isabel les había quitado la etiqueta, a pesar de lo cuidadosa que es ella para esas cosas. Me miré al espejo, me di la vuelta y noté como algo me rozaba por dentro, junto a la ingle. Me desabroché y saque de un  pequeño bolsillo interior, un preservativo contacto total, que escondí inmediatamente en mi mesilla de noche. Ya por la noche, pregunté a mi mujer qué le apetecía que le cocinara para cenar, a lo que me respondió que le preparara unas empanadillas de atún congeladas que había comprado el día de antes en el súper.

Gaelia  

jueves, 21 de mayo de 2015

SOLDADOS EN EL RECUERDO



Santibáñez me susurró desde fuera de la tienda que me tocaba relevarle en el puesto de guardia. Llovía el típico xiri-miri norteño y corría un viento que helaba la piel, en aquella noche del mes de diciembre de 1987.  Me incorporé inmediatamente como pude. Cogí mi fusil y me dispuse a pasar las siguientes dos horas de aquella noche procurando que la guerrilla no nos cogiera por sorpresa, como hacía dos días. Santibáñez me dijo cuál era el santo y seña y la orden concreta del teniente de no pasar la guardia bajo cualquier farol. Aquel pueblo de la linde de las provincias de Navarra y La Rioja, no debía tener más de tres bombillas en sus dos calles. Me encontraba allí solo, cuidando el sueño de los soldados en el campamento que, curiosamente, había clavado sus tiendas junto a la tapia del cementerio, por lo que podría decirse que la acampada parecía una prolongación del camposanto. A los cinco minutos en la oscuridad de la noche, el agua me había calado los tuétanos y los ruidos que venían del bosque provocaban en mí una sensación indescriptible. No tardé en oír un rechinamiento constante de madera seca que provenía del interior de una de las callejas de aquél pueblo o caserío, qué más da... El frío me atenazaba y, sin dejar de mirar hacia atrás, decidí ir a ver qué era aquella cosa de sonaba constantemente. Mientras andaba asolado por el miedo y por el frío, el ruido cada vez era más perceptible, así que monté el CETME. A oscuras llegué a una casa abandonada que tenía un portón roto que el viento batía contra la ventana, provocando aquél inquietante sonido. Desde entonces, cuando hay noche fría y lluviosa, suena en mi interior un portón de madera sobre una ventana.

Gelia





miércoles, 20 de mayo de 2015

UNA NUEVA EXISTENCIA



Cuando iba en aquellos veranos de mi infancia a visitar a mi abuela Carmen al pueblo, siempre estaban aquellas gafas redondas de pasta sobre la vieja cómoda isabelina de la habitación de mi abuela. Eran las gafas de mi abuelo Manuel que murió en durante la guerra civil y jamás pude saber por qué mi abuela conservaba en aquel lugar las gafas de su marido. Parecía como si las tuviera allí dispuestas, esperando que Manuel viera lo que sucedía en su casa desde donde quiera que estuviera.

Carmen murió en el año 1988 y mi padre y yo fuimos al pueblo para encontrarnos con toda la familia. Al volver del cementerio, mis tíos prepararon una hoguera en el corral para quemar, como era costumbre, todo el ajuar del difunto con el fin de que el humo transportase la esencia de él hacía algún lugar del universo. Cuando mi tío vio las gafas que mi abuela usaba para coser dijo "no; las gafas no" y se las guardó en el bolsillo.

Este año volví a la casa en donde ahora viven mis tíos y sobre la vieja cómoda isabelina se hallaban las gafas de Manuel y junto a éstas, las de mi abuela Carmen.

Gaelia 2002

The Fountain

WHY ARE HER FOUNTAIN DRY?

EN EL SILLÓN DEL DENTISTA

No había flecha que le pudiera hacer daño. Estaba acostumbrado a comentarios de todo tipo. Los punzantes eran los que más gracia le hacían. ...