miércoles, 23 de septiembre de 2015

LA ENTREGA


Estábamos esperando en nuestro Altea XL 140 caballos, con el motor en marcha. Llevaba el dinero conmigo, tal como había acordado con Massana, el encargado del desguace de Terrassa. Veinte mil euros que nos habían entregado esa misma mañana en un discreto despacho de la empresa Leasing Control. Estaban hartos de pagar por los robos de los vehículos bajo su control. Tampoco querían trasladar más casos de robo a su compañía de seguros, pues estaban seguros que las operaciones en ciernes corrían serio peligro de fructificar. Tenían demasiados robos y más de un sillón corría el riesgo de desaparecer para siempre. Habían decidido reducir como fuera aquella sangría que suponía pagar cada vez cuarenta, cincuenta o sesenta mil euros, por un cuatro por cuatro sobre el que se había firmado una reciente operación de leasing. Se acabó. Cerraron el grifo y ningún vendedor de su red podría hacer contratos para ese tipo de vehículos. La cartera de los vehículos que tenían, intentarían venderla a alguna compañía que quisiera aterrizar en el mercado español y así quitarse el problema de enmedio. Mientras tanto, nos habían encargado el trabajo de  averiguar si había alguien detrás de todo aquello y yo no podía negarme a ese trabajo. La agencia necesitaba un cliente como Leasing Control. Toda agencia de detectives necesita un filón como ése. Ya se sabe, robos ful, empleados que tienen un alto nivel de vida sin aparente fuente de ingresos,  en fin, un buen cliente al que no debía decepcionar en mi primer trabajo. La tarde caía en la puerta del estadio de La Feixa Llarga, junto al Hospital de Bellvitge. Gente que salía por la puerta de atrás, algún deportista aficionado que daba vueltas al estadio del Hospitalet y poca cosa más. Poco tráfico en lo que hace muchos años era un lugar inhóspito, lleno de canales de riego y campos de alcachofas. Esperaba que Massana cumpliera su palabra y no me la jugara. Había visto ya tres veces al mismo tipo haciendo jogging, pasando delante de nuestro coche. Con su cuerpo grasiento, no creía que hubiera dado tres vueltas al estadio. El mes de octubre hacía caer la luz antes de las ocho de la tarde, el olor a humedad del mar, impregnaba todo el lugar. La espera se me hacía eterna. Había perdido de vista al corredor, cuando al final de la calle, vi un coche de grandes dimensiones venir hacia donde estábamos aparcados. Era el Lexus gris que esperaba. Se paró junto a mí, dejando el carril como barrera entre él y nosotros. El tipo era un chino bajito.

-          ¿Traes el dinero?, me preguntó el chino en un perfecto castellano.

-          Lo traigo. Así lo acordé con Massana.

-          Bien, tú me das el dinero y yo me bajo del coche. No se te ocurra hacer ninguna tontería. Ya sabes cómo va esto, tengo a cuatro amigos que te tienen controlado.

-          Dile al gordo que deje de hacer el gilipollas y que pare de correr o se le parará el corazón.

El chino bajó muy despacio, dejando el coche en marcha. Yo también bajé, cogí la bolsa de deporte que tenía mi compañero y se la di.

-          Está todo. Veinte mil euros.

-      Dentro tienes toda la documentación del coche. Te lo hemos cuidado. Verás que no tiene ni un arañazo.

Subí en el Lexus y vi la documentación en el asiento del copiloto. Hice una señal de aprobación a mi compañero. Tomó el volante del Altea y nos fuimos en dirección a la compañía.

Generalmente este tipo de cosas no suelen ir tan bien. Siempre suele haber algún imprevisto, alguna contrariedad. Alguien que se pusiera nervioso, algún atasco en alguna de las salidas de Barcelona. Aquella operación era altamente secreta y sólo la conocían tres o cuatro personas de la compañía de seguros. Yo por supuesto, no había intervenido en ella. Massana me debía demasiados favores para que se fuera de la lengua. Aquella operación fue la primera de todas las que vinieron después.


Gaelia © 2015









lunes, 21 de septiembre de 2015

EL CANTO DEL CANARIO



Mi padre, cuando salía de viaje, siempre me dejaba al cuidado de sus canarios.  Me había acostumbrado desde muy pequeña a frecuentar el mercadillo de los pajaritos que cada domingo, desde que recuerdo, se pone en La Plaza de los Pajaritos. Mi padre siempre me llevaba con él  cuando salía muy temprano a llevar a sus canarios para que los criadores que allí se reúnen vieran las bondades de sus ejemplares. El primoroso canto de los pájaros impregnaba el plácido ambiente, sobre todo en primavera que es cuando los canarios están en su máximo esplendor. Los había extraordinarios, con cantos que duraban minutos y minutos y de una gran belleza. A mí me gustaban sobre todo los ingleses, pues parece que llevan una boina sobre la cabeza y eso me hacía mucha gracia. Cuando cuidaba yo los animales que mi padre me dejaba, intentaba que cuando volviera los encontrara mejor que cuando se fue. Lo más trabajoso era cuando ponía una pareja para que criaran polluelos; necesitaban los pequeños un cuidado especial, bizcocho con leche a diario, agua limpia y vitaminas.

Cuando mi niño nació, mi padre le regaló un hermoso canario inglés y desde hace un tiempo, mi hijo se ha acostumbrado a ir los domingos a ver a su abuelo a la Plaza de los Pajaritos..

Gaelia 2002




EN OTRO LUGAR DE LA EXISTENCIA



Salí como cualquier otro domingo de los últimos cinco años. Cogí mi bicicleta del garaje y me dirigí a los Cuatro Caminos, en donde nos reuníamos los del grupo ciclista. Aquel día nos fuimos camino a las Cuevas de Las Cruces a unos 70 Kms. del lugar de reunión. Habíamos pasado el mojón del kilómetro 40 cuando un Tontini XRI  nos arroyó al tomar una curva de la autovía. Fuimos cinco los ciclistas alcanzados. A dos de nosotros nos ingresaron en la UCI del hospital comarcal. Allí he estado durante más de tres meses asistido
por máquinas, tubos y toda una familia galénica que soy incapaz de describir.. Hace dos días que desperté de mi sueño. Al hacerlo vi junto a mi cama  a unos compañeros ciclistas que pasaban iban conmigo el día que ocurrió todo.

Hoy he regresado a casa y he visto a mi mujer y mis dos hijos abatidos en el sofá. Sobre la mesa de centro unas esquelas, una póliza de seguros  y un catálogo de lápidas.

Gaelia 2003




PREMONICIONES

Cenaba junto a la chimenea de un lugar que no conocía. El calor del fuego daba una sensación de bienestar que invitaba a permanecer allí durante mucho tiempo.  Las paredes de la estancia eran blancas y casi no había mobiliario que acompañara a la mesa  y las sillas, ni tan siquiera un televisor. Degustaba con placer la comida que había sobre el plato y junto a mi estaba mi abuela Carmen que murió en mil novecientos ochenta y cinco. Me avisaba del peligro que corría mi vida y la de los míos, aunque no puedo recordar qué mal me acechaba. Yo asentía con resignación y le decía que no se preocupara pues soy hombre precavido y todos mis actos están sujetos a un código de prudencia heredado de mi padre. Me sentía muy bien en aquella situación de abundancia  y de compañía, aunque me asustaba que mi querida abuela me hubiera venido a visitar con tanta angustia en su cuerpo. Noté unos pequeños golpes sobre mi brazo derecho, que se encontraba desnudo sobre la tapadera de la cama. Mi corazón latía con rapidez y un sudor frío empezó a recorrer mi cuerpo. Me desperté sobresaltado y vi que mi niño se encontraba junto a mi. En voz baja, para no despertar a su hermana, me dijo: papá, tengo sed.

Gaelia 2015




EL FLORIDA


El Florida era uno de aquellos cines de reestreno que había hace unos años en las grandes ciudades. Era el único cine del barrio y era lugar de encuentro de gran parte de la juventud de aquel lugar. Para ir al cine nos vestíamos de domingo para ver dos películas y el NODO, aquel noticiero que régimen de Franco obligaba a pasar a los empresarios del cine, antes de la sesión. En el Florida siempre pasaban dos películas en sesión continua. Era un cine enorme de unas mil localidades y donde había visto a gente que, a pesar no poder disponer de su asiento, preferían ver la película de pie, en el pasillo. Ben Hur, el Zorro, los epaguetti western, los clásicos de Bruce Lee, donde los niños salíamos del cine dando patadas y golpes a todo lo que se moviera, hasta que nuestro padre o madre nos arreaban un sopapo porque nos íbamos a hacer daño o le íbamos a dar un golpe a cualquier niño y se iba a formar un lío con sus padres. Las famosas películas del destape español, con Esteso y Pajares a la cabeza de las “grandes producciones”, nos hacían desternillar de risa ante tanto humor básico. Pero es que la gran mayoría de la sociedad española era así, un poco cateta y dada a lo próximo, al corto plazo, porque así había sido durante cuarenta años de régimen. Y si entrabas a media película, te quedabas a ver el primer trozo en la siguiente sesión y cuando llegabas a la escena donde entraste al cine, entonces era el momento de largarse a la plazoleta con el resto de chavales. El Florida ya no está, pero sus películas y sus tardes fueron el lugar donde empezó la aventura literaria y cultural de muchas generaciones de chavales de extrarradio.

Gaelia 2015



EN EL SILLÓN DEL DENTISTA

No había flecha que le pudiera hacer daño. Estaba acostumbrado a comentarios de todo tipo. Los punzantes eran los que más gracia le hacían. ...