domingo, 26 de abril de 2020

ESCUELA DE ESCRITORES

Al final del pasillo he visto apilados todos los cuentos que imprimí de “La Ventana de Millás”. Con el confinamiento Isabel ha limpiado los armarios de trastos y documentos de una época anterior. Ya no recordaba que había guardado las hojas de aquellos cuentos. Ahora que las reviso, veo que con Millás había una increíble y talentosa cantera de aficionados en aquellos primeros años 2000. Autores que admiraba y a los que les perdí la pista sin saber si han podido publicar. Después de leerlos casi todos, he decidido que los voy a sacar del pasillo y los volveré a guardar. Nunca se sabe.



© Gaelia 2020







domingo, 19 de abril de 2020

BULOS, MENTIRAS Y CANALLAS


Los desguazabots ya venían de camino. Lo hacían para destruir a usuarios sin avatar. Se sabía que estos  eran los que habitualmente usaban artes de la guerra de la desinformación.  La República del Confín los había enviado dentro de un troyano denominado Mentiroso 5 G. Se sabe por los cronistas del espacio, que se introdujeron dentro de las redes de defensa de periódicos amarillos, de los ordenadores de periodistas sin escrúpulos y otros hijos de perra oportunistas de baja ralea. Ese día estuve enchufado a la red Sondar toda la mañana hasta que, sin saber el porqué, me quedé sin conexión.


© Gaelia 2020






domingo, 12 de abril de 2020

UN CHUFLO CADA MEDIA HORA


Necesitaba un respirador para seguir viviendo. Eso es lo que escuché al grupo de médicos que hablaba a la puerta de mi box de urgencias. Yo que siempre dije que no necesitaba aire para respirar, que no necesitaba a nadie para vivir. Me preguntaba cuánto costaba un respirador. Supongo que no debe ser un aparato caro para un hospital. Si era preciso, alguien de mi familia podía ir al cajero más cercano y sacar dinero para comprar alguno, aunque sea de segunda mano. Había oído esos días que no se trataba de dinero. El dinero que todo lo puede, a veces se le resiste lo más simple, lo que no tiene valor.

  • -          Cándido, Cándido. Despierte. Le vamos a poner un chuflo de broncodilatador. No podemos hacer nada más por el momento. Estamos esperando un respirador. Tendré que ponerle esto cada media hora hasta que llegue. Usted trate de respirar profundamente.

Desperté y vi que me habían trasladado a la UCI. No sé cuánto tiempo llevo aquí, pensé. Lo único que sé es que no tengo apenas aire en mis pulmones y que estoy fatal.

  • -          Cándido. Venga, otra vez. El inhalador. Hay que enchufarlo cada media hora. Hay que seguir.


No supe nunca quien fue quien estuvo entrando y saliendo toda la noche para atizarme aquello que ella llamaba chuflo. Era una mujer embutida en un traje blanco como los que se ven por la televisión. Tienen pinta de buzo, pero sin aletas. No sabía su nombre, ni cómo había llegado a trabajar en el hospital, ni si vivía cerca o lejos, si tenía familia, si podía volver a casa o si era un ángel que se me había aparecido esa noche. Tampoco era importante porque cualquiera de las enfermeras de la UCI me habría tratado igual. Ellas no hacen distingos con sus pacientes. Mayores, jóvenes, maduros, pobres o acomodados. Me sentí tratado como un ser humano, despojado de todo lo que la sociedad nos da o nos quita. Como cuando estás en una playa sin chiringuitos, ni paseo marítimo, el mar y tú. Estar vivo en medio de la inmensidad.

Llegó el respirador a primera hora de la mañana. Pudieron ponerme la máscara que me ayudó a estar mejor. Después de cinco días, abandoné la UCI. Pregunté muchas veces por el nombre de aquella mujer que estuvo entrando y saliendo para darme un chuflo cada media hora. No me lo dijeron. Pudo haber sido cualquiera de los que estaban allí. A ellos no les importaba. Yo jamás lo olvidaré.

© Gaelia 2020


lunes, 6 de abril de 2020

HÉROES EN PANTUFLAS

No conservo muchas fotos de mi padre. Apenas una docena y todas de mayor. Fue un niño de la posguerra, hijo de viuda y con hambre a todas horas. En aquellos años no había posibles para retratos, lápices para el colegio o zapatos de temporada. Creció con sus cabras, su campo y los comedores sociales de la Acción Católica.  Se casó con mi madre y estuvieron juntos toda la vida, hasta que ella nos dejó inesperadamente en 2017. Él se quedó sin guía, sin timón y perdido como cuando era niño.

Después de un tiempo y visto que la salud se le estaba acabando, mi padre se fue a vivir a una residencia de ancianos a pocos metros de mi casa. Gracias a eso,  puedo visitarlo a diario, seguir su vida, sus rutinas y, sobre todo, estar cerca de él. Hacía años que no lo veía reír como lo hace ahora. Basta una vieja anécdota, un chiste, una vivencia nueva para que enseguida le encuentre, como buen sevillano, un lado cómico.

Con el coronavirus y su confinamiento, me ha asaltado el terror al ver cómo las residencias de mayores se han convertido en ratoneras, donde mueren a diario cientos de personas indefensas y donde se han vivido escenas terribles. El corazón se para al saber que mi padre está en una de ellas y no podemos hacer nada más que hablar con él por su móvil y saber que se encuentra bien. A pesar de su edad y sus dificultades, ha sabido manejarse con el móvil y eso nos está sirviendo para sentirnos un poco más cerca. Después de tantos días de encierro, su corazón se ha quejado y no hubo más alternativa que derivarlo a las urgencias del hospital comarcal. Sentí que perdía a mi padre. Estar cerca de tantos infectados por el virus era demasiado peligroso para una persona de ochenta y cuatro años. Me temía lo peor.

Mi padre volvió a la residencia en el mismo día en que fue derivado al hospital. Confinado en una habitación solo, por si traía el virus en su cuerpo, nadie puede acercarse a él. Mi padre resiste tanta dificultad porque sigue siendo aquel niño que apenas tuvo para retratos, lápices para el colegio o zapatos de temporada. Aquellos años duros templaron su carácter y ahora hace frente a la pandemia con un cuerpo dolorido y mucho humor. Mi padre es mi héroe y quiero seguir la estela que ha dejado en este mundo.

Los siento, me tengo que ir. Me llama mi padre al móvil.

© Gaelia 2020

EN EL SILLÓN DEL DENTISTA

No había flecha que le pudiera hacer daño. Estaba acostumbrado a comentarios de todo tipo. Los punzantes eran los que más gracia le hacían. ...