martes, 26 de mayo de 2020

RELATOS INACABADOS

No paran de preguntar por mí y a menudo lo hacen cuando mi imaginación está en su mejor momento. Subo a la buhardilla y comienzo el ritual. Enchufo el viejo foco de luz, conecto el ordenador y reviso la librería mientras saboreo un trago de ron con hielo. Me pongo música y salgo a soñar sobre el folio digital. Es cuando mejor estoy con mi relato encadenado, cuando escucho a Yolanda y a los niños llamándome para que me vaya a dormir. En ocasiones les hago caso y otras me quedo dormido sobre el escritorio, pensando el mejor final para el relato que nunca puedo acabar.


Gaelia 2020



miércoles, 20 de mayo de 2020

COSAS QUE POCO IMPORTAN

No paran de preguntar por mí. Les tengo dicho a los míos que hagan lo posible para que me dejen tranquilo, que no me encuentro bien. Yo estoy aquí entre telas acolchadas desde hace ya unas semanas. Sin apenas luz, salvo la que entra por una rendija que no taparon y que me permite sentirme algo más vivo. El aire del invierno ha dado paso a la frescura de la primavera y empieza a molestarme el traje de paño gallego. Si quieren saber si fue el virus o cualquier otra cosa la que me trajo aquí, me importa poco. Los muertos no necesitamos ninguna autopsia.


Gaelia 2020 




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miércoles, 13 de mayo de 2020

COMO EL TRAJE DE UN MUERTO

El próximo favor se lo pido a Santa Rita. Nadie me dijo que la presentación a la prensa fuera el mismo día de mi llegada a Valencia. Había olvidado el traje de paño italiano en la habitación del hotel, así que pedí que me dejaran uno para posar en la sesión fotográfica. Me prestaron un traje en el que cabíamos dos como yo y, aunque puse reparos en ponerme semejante cubrecamas, no pude negarme. Estuve casi una hora posando y hoy cuando veo las fotos de aquel día,  entiendo el porqué soy la risa meona de todo el que entra en internet y busca “traje de Juan Antonio Pizzi”

Gaelia 2020



martes, 12 de mayo de 2020

FRANCO HA MUERTO

En esos días todos estábamos nerviosos porque esperábamos el fatal desenlace. Según decían mis padres, “lo  tienen enchufado a una máquina”. Yo no sabía muy bien qué querían decir. Por aquel otoño de 1975 tenía ocho años y solamente pensaba en jugar al fútbol y en ver el Gran Circo de Televisión Española, por lo que solamente sabía que Franco estaba muy enfermo y se iba a morir pronto como se murió el abuelo Manuel en el pueblo. De vez en cuando en el parte de la primera cadena, el presentador con su pañuelo que recuerdo que sobresalía del bolsillo de la pechera informaba de las hemorragias internas que presentaba el paciente y del “equipo médico habitual”

 

Fue un veinte de noviembre. Esa mañana, el cielo del extrarradio barcelonés era un cielo plúmbeo y denso. Quizás es una sensación o tal vez sea real,  pero recuerdo el frío de esos otoños como si fueran inviernos de los de ahora porque en el Mediterráneo hace mucho tiempo que no tenemos inviernos. Me levanté para ir al colegio como cada mañana. Me vestí, me mojé el pelo y me lo aplasté, dejando el flequillo justo por encima de los ojos. Me puse la bata de rayas azules y blancas, las habituales en los colegios nacionales que eran los colegios donde íbamos los niños de las familias obreras. En esos colegios nos almacenaban como se hacía con el ganado. Casi nadie estudiaba y se puede decir que crecíamos asilvestrados, frente al crucifijo, el mapa mundi y la foto del Jefe del Estado.

 

Me tocaba ir a buscar el pan, pues mi hermano y yo nos turnábamos. Mi hermano, aunque era mayor, nunca me ayudaba a vivir, más bien siempre hacía lo posible por hacerme sufrir. Con el tiempo he comprendido que padecía el síndrome del rey destronado y  a esa edad veía en mí al capullo que acaparaba todas las atenciones de mis padres.

 

Eran las ocho y media de la mañana. Mi madre me dio veinticinco pesetas, la talega del pan y me encargó que trajera dos de medio y una de cuarto. Al salir por la puerta del piso y bajar por la escalera, oí a la madre de mi vecino Rafa decir voceando: “¡Franco ha muerto!. ¡Franco ha muerto!”. No sé si fui a buscar el pan o no. Quizás mi madre por prudencia me dijo que no fuera a la panadería o tal vez fui, quién sabe. Lo que sí sé es que tuvimos tres días de fiesta por luto nacional. Y vaya si lo celebramos.


Gaelia 2020


lunes, 11 de mayo de 2020

HIJO DEL AGOBIO

Me acuerdo de aquellas mañanas de primavera cuando el sol calentaba las aceras y me acuerdo de mi abuela vestida de negro. Me acuerdo cuando en esos días me llevaba al puente sobre la vía del tren a esperar a mi padre, que a la una y media de mediodía, salía de su trabajo en una fábrica de motos. Eramos felices en aquel Hospitalet de primeros de los setenta, lleno de algarrobos y huertos pestilentes.Sobre el puente veíamos pasar los trenes que llegaban a la estación que había más adelante y mi abuela se emocionaba cuando veía pasar el que llamaba "el catalán". Era el tren de la emigración en el que hacía años habían llegado mis padres. Me acuerdo de mi padre aún joven. Se ponía muy contento  al vernos sobre el puente.

Algunos domingos mi padre, ya jubilado, suele llevarse a mi hijo al mismo puente, para ver pasar los trenes. Ya no hay algarrobos, ni huertos y mi padre ya no le habla a mi hijo de "el catalán", aquel tren que ya no existe. Este año dicen que empiezan las obras para soterrar las vías y acabar con el viejo puente en el que mi abuela y yo esperábamos a mi padre al salir de la fábrica.

Gaelia 2002



miércoles, 6 de mayo de 2020

MERITOCRACIA

Espero el milagro porque es lo justo, fue lo que me dijo Céspedes por teléfono. Fue una conversación sobre la que no pude opinar, solamente escuchar. Se había pasado dos años acudiendo a la reunión semanal con Fernández y su equipo. Él frente a todos aquellos capullos de cuello  blanco. En una habitación sin ventana, llena de ordenadores viejos. Se  había batido el cobre por conseguir el proyecto para su departamento y lo había conseguido. Como premio habían ascendido a Salazar, que no había asomado la cara cuando era necesario. Céspedes había amenazado con hablar, a menos que la Dirección reconsiderara el nombramiento.


© Gaelia 2020



lunes, 4 de mayo de 2020

SÁBANAS MOJADAS

En aquel curso salía de mi casa a buscar a Suso, mi compañero de clase, y así hacer junto el camino hasta la escuela. Muchas mañanas, mientras le esperaba, observaba que en su lavadero había una sábana mojada. Siempre que me interesaba por el asunto, me constestaba que se trataba de su hermana Sandra que tenía problemas para contener sus ganas de hacer pis y se la hacía en la cama. Suso nunca quiso tener relación estrecha conmigo ni con el resto de nuestros compañeros. Siempre estaba solo en el recreo, con aquellos ojos rojos y vidriosos, malhumorado y en cuento te acercabas para ver si podías iniciar algún juego con él, siempre buscaba una excusa para irse a otro sitio.

Una tarde Suso se quedó dormido en clase, sin que el profesor de Ciencias Naturales se percatase. Muchos compañeros nos dimos cuenta y sin embargo, no dijimos nada. Aquella tarde Suso no quiso que le acompañara hasta su puerta y no se levantó de su silla hasta que todos salimos de clase. Mientras esperaba en su puerta al día siguiente, vi sus pantalones tendidos en el lavadero. Suso salió con sus ojos rojos y vidriosos.


© Gaelia 2002






EN EL SILLÓN DEL DENTISTA

No había flecha que le pudiera hacer daño. Estaba acostumbrado a comentarios de todo tipo. Los punzantes eran los que más gracia le hacían. ...