martes, 16 de junio de 2015

EN CASA DE MIS PADRES




Hoy he ido a comer a casa de mis padres, como cualquier miércoles. El puchero que mi madre ha preparado no tenía chorizo, ni papada, por aquello del colesterol. También lo he notado soso, pues el médico les ha recomendado reducir la sal en las comidas, para controlar la tensión . Esperaba comer para el postre aquel arroz con leche que mi madre hace tal como le enseñó mi abuela, pero me he encontrado con una naranja, porque quieren evitar tomar mucha azúcar por aquello de la diabetes   Mientras comía he hablado  con ellos y les he visto mayores. ¡Cómo ha pasado el tiempo y cómo se les nota en su rostro!.  Antes de irme les he dado un abrazo y un beso y les he prometido que este sábado les traería a mi niño. Ellos me enseñaron el camino y son el faro que alumbra mi horizonte, mi referencia.

Me pregunto por qué algo tan hermoso como comer junto a tus padres, puede ser tan triste.





miércoles, 3 de junio de 2015

DIAS GRISES


Jugábamos al fútbol en el viejo parque sin plantas, sin columpios, sin papeleras. Los bancos, en donde no se sentaba nadie, nos servían de portería en aquellos días de otoño. El barrio olía  a Obra Sindical del Hogar y al Yugo y las Flechas de las placas que había sobre las puertas de las fincas de cuatro pisos. Muchos sábados, mientras le dábamos patadas al balón, se aparecía Antonio paseando por las calles del extrarradio de la Barcelona de los 70. Aquel hombre, del que después de unos años no volví a saber nada, solía disfrazarse de forma impecable de cualquier cosa que llamara la atención y se paseaba por los barrios saludando a todo al que se tropezaba. Recuerdo haberlo visto vestido de policía municipal, de torero, de barrendero y hasta del mismísimo Antonio Machín, con micrófono y todo. Llevaba tras de sí una horda de niños de pelo-pringue entusiasmados  por la esperpéntica imagen de aquel pobre desdichado. Llegamos a comprender que quienes iban disfrazados eran los niños y que Antonio no era más que el reflejo del régimen que se derrumbaba a golpe de hoz, martillo y clavel en puño cerrado. Mi madre decía que la mente de Antonio sufrió un trastorno al haber perdido a su mujer y sus dos hijas en un accidente de tráfico. Antonio y sus trajes se han convertido en una de las pocas imágenes en color que recuerdo de aquella época gris que nos tocó vivir.

Gaelia 2004


martes, 2 de junio de 2015

LITORAL URBANO




El paseo de la playa nada tiene que ver con aquel lugar que visitaba cuando era niña. Todo parece más ordenado, más limpio, más integrado en el paisaje, más civilizado. Apenas queda nada de los pinos que se divisaban desde la línea de playa, pero todo se ha hecho más accesible. Ninguno de los famosos chiringuitos hechos a base de cañas y maderas sacadas de quién sabe dónde,  donde servían pescado a la parrilla o frituras de mar. Patinadores, ciclistas, corredores y familias recorren el paseo en busca de algún restaurante donde celebrar el día de las madres. Muchas de ellas, ya en sus últimos días, van acompañadas por una multitud de hijos, hijas, yernos, nueras, nietos y nietas a dejarse parte de la pensión en algún restaurante y poder salir en algún retrato familiar. Los restaurantes que hay ahora, siguen sirviendo manjares salidos del mar, pero ahora estas delicias fueron pescadas hace meses en algún lugar del Atlántico sur o en Marruecos. En el paseo he podido ver la legión de morenitos ofreciendo su mercancía, recién sacadas de las fábricas de la reproducción ilegal. Son la otra cara de todo esto. Para ellos no hay domingo, ni día de las madres, ni existe el paraíso soñado; solamente viven de su manta sobre el suelo y de lo poco que pueden vender en un día tan especial. Un chándal, una pluma estilográfica, ropa interior, polos de marcas internacionales, todo eso es lo que puedes encontrar en el paseo a pocos metros del mar. El viento, el sol  y el olor a sal siguen llevándome a mis recuerdos de infancia y, sin embargo, sigo pensando que ese lugar nada tiene que ver con aquel lugar que visitaba cuando era niña.

Gaelia 2015


EN EL SILLÓN DEL DENTISTA

No había flecha que le pudiera hacer daño. Estaba acostumbrado a comentarios de todo tipo. Los punzantes eran los que más gracia le hacían. ...