Los dejaremos entrar y esperaremos
el mejor momento. Estaremos en silencio y con la luz apagada. Uno en cada lado
de la habitación. Estaremos atentos a cualquier movimiento extraño. Nada de
errores. Nada de atajos. Acabaremos nuestro trabajo una vez hayan hecho ellos
el suyo. Entonces, cuando piquen el anzuelo, les descerrajamos a cada uno un
tiro a bocajarro, que haga que escupan sus sesos. Que recojan los despojos de
esos dos malditos hijos de Corleone, para que sea Montalbano quien averigüe
quién lo hizo, si es que puede.
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