No paran de preguntar por mí y a menudo lo hacen cuando mi imaginación está en su mejor momento. Subo a la buhardilla y comienzo el ritual. Enchufo el viejo foco de luz, conecto el ordenador y reviso la librería mientras saboreo un trago de ron con hielo. Me pongo música y salgo a soñar sobre el folio digital. Es cuando mejor estoy con mi relato encadenado, cuando escucho a Yolanda y a los niños llamándome para que me vaya a dormir. En ocasiones les hago caso y otras me quedo dormido sobre el escritorio, pensando el mejor final para el relato que nunca puedo acabar.
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