El municipal escapaba a toda prisa al final del capítulo.
Despavorido, desencajado, dejaba ir su cuerpo de hipopótamo cuesta abajo
hacia ningún lugar. Los chavales le gritaban la palabra maldita:
telerriba. Fue como una puñalada de luz en aquellos veranos de arrabal,
de extrarradio, de asfalto, del nacimiento del caballo y del mono. Ahora
y como se suele decir, Telerriba es el único que se alegra cuando llego
a casa por las tardes, cuando nadie me dice hola, cuando nadie me mira.
El pequeño Telerriba mueve su cola, ladra y salta sin control.
@Gaelia 2016
domingo, 7 de agosto de 2016
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