sábado, 8 de agosto de 2020

LA LLAMADA DE LA SELVA

Salimos a las diez de la mañana, aunque mi intención era no hacerlo más allá de las siete. Guardo la vieja costumbre de antaño de salir con el fresco del amanecer. Ya se sabe que con chavales y una mujer como la mía, es imposible arrancar el coche a la hora prevista. Es el mismo viaje que hacemos en los últimos veinte años y  aún sentimos mariposas en la tripa la noche de antes. Carretera y manta y vuelta a los orígenes que la llamada de la selva es muy intensa. Nacional II hasta Alcarrás, por aquello de ahorrarnos algún peaje, luego autopista hasta Zaragoza.. Alfajarín es nuestra primera parada en el camino. Es como un oasis en medio del desierto de los Monegros, donde van a parar centenares de camioneros.

“Respirar hondo al salir, que huele a campo”.

Mi mujer es dejar la urbe y pensar que todo es campo. Mis hijos invariablemente responden lo mismo: “pues debe ser un campo de mierda, porque huele a mierda”.

Es que el campo es hierba, agua sol y purines. Vamos a tomar un cafelito o lo que queráis, que no hay tiempo que perder.

Media hora después ya estamos de vuelta, con los cinturones del Seat Altea bien apretados.

La ruta a partir de Zaragoza es bastante monótona y sinuosa hasta llegar a Guadalajara. Siempre la misma emisora en la radio acompañando el viaje desde ese punto. Ya no se sintoniza nada que valga la pena. La España vaciada también lo está de ondas, hercios y banda ancha. Radio Nacional de España con Pepa Fernández es quien nos habla porque habitualmente salimos en fin de semana. Mis hijos le han tomado mucho cariño a esa voz pizpireta y dulce. En invierno les recuerda nuestro viaje a las raíces.

Kilómetros de subidas, bajadas y banderas de España en las gasolineras. Medinaceli es nuestra parada para comer, junto a una vieja fuente de la carretera antigua. La fuente es muy vetusta  y el agua que vierte es sumamente fresca, a pesar de los calores. El agua y la tortilla de patatas nos ayuda a llegar a Madrid con el estómago lleno y el espíritu renovado.

La capital del país se abre paso a veces, si es que me atrevo a pasarla por la M40. Otras veces, cuando todos están medio dormidos me adentro en la R2 mucho antes de ver Madrid en el horizonte. Cuando hago eso, creo que España no tiene fin porque parece como si nunca pudieras ver la capital. Esa es la peor parte del viaje porque normalmente el calor arrecia en el Madrid de agosto y dentro del coche todos duermen. Yo apuro a no parar para que se les haga más liviano. Cuando se despiertan ya sé que preguntarán por dónde estamos ya. Y dicen “ya” como si quisieran haber llegado antes de pasar Toledo.

En Alamaraz es donde hacemos la última parada si todo va bien. Los Portugueses es como llamamos a la gasolinera y restaurante que hay junto a la central nuclear. En realidad se llama Portugal II pero se nos hace más simpático llamarla a nuestra manera. Café, cortado y algún dulce de la zona o no. A continuación me  acerco al expositor de navajas camperas y me quedo mirando con cara de bobo. Mi mujer que me conoce, suele ir a sacarme de la vitrina de mis caprichos y me quedo con las ganas.

Echo combustible y antes de subir pienso lo mismo una y otra vez: “ya solamente queda pasar Mérida y a unos cien kilómetros tenemos nuestra casa”. Nuestra meta es el lugar donde nació mi mujer hace muchos años. El lugar al que todos queremos volver para saber de dónde venimos. Es en nuestra pequeña casa de la Sierra de Tentudía donde pasamos los días de agosto. Aprovecho para leer, ver amigos, familia, beber y comer algo más de la cuenta y contemplar un cielo estrellado como en pocos lugares. A mis hijos los pierdo de vista al llegar, porque para ellos la casa es como el hotel familiar. Este año es como cada año aunque tengamos COVID, solamente vienen cuando tienen hambre, sueño o necesitan algo. Que sea por muchos años.

© Gaelia 2020



jueves, 11 de junio de 2020

ESTRELLAS MICHELÍN

Siempre dejo como nuevos los fogones después del servicio. Limpio a fondo toda la cocina y guardo el bote de las cucarachas entre ollas y sartenes para  que no las encuentre nadie. Son las cucarachas las que hacen de mi cocina un hecho excepcional. Las hay rayadas que son las que dejan los fondos agridulces en las bases de los arroces asiáticos. Las verdosas para los ragús  tradicionales porque le dan un toque picante y brillante al caldo. Lo mejor es que cuando todo ha alcanzado su punto álgido lo trituras y lo cuelas. Y vaya si cuela.


© Gaelia 2020





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martes, 2 de junio de 2020

TEDIOS JUVENILES

Nos han mandado en la escuela que nos aburramos. Debemos pasar una hora de la tarde en una sala oscura y tenemos que apuntar en una libreta y a lápiz, qué hemos sentido. Siempre que me aburro hago algo para que se vaya pronto, aunque no se lo cuento a nadie porque me da vergüenza. Me aterra notar agobio cuando me pongo en el ordenador y no encuentro a mis amigos. En ese caso, si siento la pesadez del aire, me voy y me como un bocadillo de jamón con un vaso de leche. Es la manera que tengo de no aburrirme y seguir vivo.


© Gaelia 2020




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martes, 26 de mayo de 2020

RELATOS INACABADOS

No paran de preguntar por mí y a menudo lo hacen cuando mi imaginación está en su mejor momento. Subo a la buhardilla y comienzo el ritual. Enchufo el viejo foco de luz, conecto el ordenador y reviso la librería mientras saboreo un trago de ron con hielo. Me pongo música y salgo a soñar sobre el folio digital. Es cuando mejor estoy con mi relato encadenado, cuando escucho a Yolanda y a los niños llamándome para que me vaya a dormir. En ocasiones les hago caso y otras me quedo dormido sobre el escritorio, pensando el mejor final para el relato que nunca puedo acabar.


Gaelia 2020



miércoles, 20 de mayo de 2020

COSAS QUE POCO IMPORTAN

No paran de preguntar por mí. Les tengo dicho a los míos que hagan lo posible para que me dejen tranquilo, que no me encuentro bien. Yo estoy aquí entre telas acolchadas desde hace ya unas semanas. Sin apenas luz, salvo la que entra por una rendija que no taparon y que me permite sentirme algo más vivo. El aire del invierno ha dado paso a la frescura de la primavera y empieza a molestarme el traje de paño gallego. Si quieren saber si fue el virus o cualquier otra cosa la que me trajo aquí, me importa poco. Los muertos no necesitamos ninguna autopsia.


Gaelia 2020 




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miércoles, 13 de mayo de 2020

COMO EL TRAJE DE UN MUERTO

El próximo favor se lo pido a Santa Rita. Nadie me dijo que la presentación a la prensa fuera el mismo día de mi llegada a Valencia. Había olvidado el traje de paño italiano en la habitación del hotel, así que pedí que me dejaran uno para posar en la sesión fotográfica. Me prestaron un traje en el que cabíamos dos como yo y, aunque puse reparos en ponerme semejante cubrecamas, no pude negarme. Estuve casi una hora posando y hoy cuando veo las fotos de aquel día,  entiendo el porqué soy la risa meona de todo el que entra en internet y busca “traje de Juan Antonio Pizzi”

Gaelia 2020



martes, 12 de mayo de 2020

FRANCO HA MUERTO

En esos días todos estábamos nerviosos porque esperábamos el fatal desenlace. Según decían mis padres, “lo  tienen enchufado a una máquina”. Yo no sabía muy bien qué querían decir. Por aquel otoño de 1975 tenía ocho años y solamente pensaba en jugar al fútbol y en ver el Gran Circo de Televisión Española, por lo que solamente sabía que Franco estaba muy enfermo y se iba a morir pronto como se murió el abuelo Manuel en el pueblo. De vez en cuando en el parte de la primera cadena, el presentador con su pañuelo que recuerdo que sobresalía del bolsillo de la pechera informaba de las hemorragias internas que presentaba el paciente y del “equipo médico habitual”

 

Fue un veinte de noviembre. Esa mañana, el cielo del extrarradio barcelonés era un cielo plúmbeo y denso. Quizás es una sensación o tal vez sea real,  pero recuerdo el frío de esos otoños como si fueran inviernos de los de ahora porque en el Mediterráneo hace mucho tiempo que no tenemos inviernos. Me levanté para ir al colegio como cada mañana. Me vestí, me mojé el pelo y me lo aplasté, dejando el flequillo justo por encima de los ojos. Me puse la bata de rayas azules y blancas, las habituales en los colegios nacionales que eran los colegios donde íbamos los niños de las familias obreras. En esos colegios nos almacenaban como se hacía con el ganado. Casi nadie estudiaba y se puede decir que crecíamos asilvestrados, frente al crucifijo, el mapa mundi y la foto del Jefe del Estado.

 

Me tocaba ir a buscar el pan, pues mi hermano y yo nos turnábamos. Mi hermano, aunque era mayor, nunca me ayudaba a vivir, más bien siempre hacía lo posible por hacerme sufrir. Con el tiempo he comprendido que padecía el síndrome del rey destronado y  a esa edad veía en mí al capullo que acaparaba todas las atenciones de mis padres.

 

Eran las ocho y media de la mañana. Mi madre me dio veinticinco pesetas, la talega del pan y me encargó que trajera dos de medio y una de cuarto. Al salir por la puerta del piso y bajar por la escalera, oí a la madre de mi vecino Rafa decir voceando: “¡Franco ha muerto!. ¡Franco ha muerto!”. No sé si fui a buscar el pan o no. Quizás mi madre por prudencia me dijo que no fuera a la panadería o tal vez fui, quién sabe. Lo que sí sé es que tuvimos tres días de fiesta por luto nacional. Y vaya si lo celebramos.


Gaelia 2020


EN EL SILLÓN DEL DENTISTA

No había flecha que le pudiera hacer daño. Estaba acostumbrado a comentarios de todo tipo. Los punzantes eran los que más gracia le hacían. ...